Tal vez no sabes por qué reaccionas como reaccionas.
Tal vez te juzgas por sentir lo que sientes o te exiges ser diferente.
Yo también estuve ahí.

Durante mucho tiempo creí que algo estaba mal en mí, sin entender que muchas de mis respuestas nacían de experiencias pasadas que aún pedían ser escuchadas. Este texto es parte de mi proceso de sanación. No pretende enseñar ni imponer, solo compartir lo que fui descubriendo en el camino.

Si al leerlo algo resuena en ti, quédate. Tal vez aquí encuentres palabras para comprenderte y acompañarte con más amor.

Durante prácticamente toda mi vida no entendí por qué reaccionaba de ciertas maneras que luego me hacían sentir mal o culpable. Me repetía: “No debería hacer esto, no debería sentir esto”, pero nadie me había enseñado cómo manejar mis emociones.

Con el tiempo comprendí algo que cambiaría mi vida: sanar no empieza cambiando conductas, sino entendiendo su origen.

Me detuve y me pregunté

¿De dónde viene esta conducta y qué la originó en mi historia?

¿Qué emociones o necesidades intento expresar, o de qué me estoy protegiendo?

¿Qué puedo aprender de ella antes de intentar cambiarla?

Al principio fue difícil descubrir que muchas de mis respuestas no eran fallas personales, sino reacciones de supervivencia que aprendí en la infancia.

Comencé por aprender a nombrar mis emociones. Ya no era solo “bien” o “mal”; ahora podía decir frustración, miedo, vergüenza, tristeza, abandono, impotencia, ansiedad. Nombrarlas me permitió observarlas sin reaccionar automáticamente. Poco a poco aprendí a respirarlas, sentirlas y soltarlas sin que me dominaran.

Entendí que, antes de cambiar cualquier conducta, necesitaba calmar mi sistema nervioso. Empecé a respirar profundo, caminar, estirarme, beber agua lentamente, apoyar bien los pies en el suelo y describir conscientemente lo que veía a mi alrededor. Escucharme ayudaba a silenciar el ruido interno. Con el tiempo, mi mente se tranquilizaba y podía responder, no solo reaccionar.

También comprendí que sanar implicaba reconectarme conmigo misma y darme hoy lo que no recibí de niña. Me permití descansar sin culpa, validar mis emociones, hablar de ellas, poner límites sanos y ofrecerme cariño y cuidado. Cada vez que detectaba un patrón que antes me dañaba, me preguntaba:

¿Qué habría necesitado escuchar, recibir o sentir en ese momento?

Y luego me lo daba a mí misma, aquí y ahora.

Solo después de entender, sentir y regularme pude comenzar a transformar mis conductas y reconducir mi vida hacia donde quería. No fue inmediato ni perfecto. Hubo recaídas, pero aprendí a observarme con compasión, a reconocer mis reacciones y a elegir respuestas más conscientes. Poco a poco, los patrones dañinos perdieron fuerza y surgieron nuevas formas de actuar, más alineadas con quien realmente quiero ser.

Sanar mi infancia no significó eliminar mis emociones ni convertirme en alguien “perfecta”. Significó comprenderme, sentirme, cuidarme y transformarme desde la conciencia, paso a paso. Cada pequeño gesto de cuidado hacia mí misma, cada respiración y cada momento de atención plena fueron —y siguen siendo— actos de sanación.

Esto marcó un antes y un después en mi vida.

Hoy sé que este viaje no termina; es un proceso continuo. Pero lo que antes parecía imposible —sentirme segura, comprender mis emociones y responder desde la calma— hoy es parte de mi realidad cotidiana. Un recordatorio constante de que sanar es posible cuando te das el tiempo, la paciencia y las herramientas necesarias.

Creo que sanar la infancia no significa ser perfecta ni eliminar emociones incómodas. Significa:

  • Comprender por qué reacciono como lo hago.

  • Reconocer y sentir mis emociones.

  • Aprender a regular mi sistema nervioso.

  • Darme cuidado y validación.

  • Transformar conductas desde la conciencia.

Cada pequeño paso ya es sanación. Cada práctica diaria fortalece mi capacidad de vivir de forma más libre, consciente y en paz conmigo misma. La terapia psicológica, los libros y guías de inteligencia emocional, la escritura terapéutica, la meditación y las prácticas de atención plena han sido grandes apoyos. Aunque se puede hacer mucho por cuenta propia, apoyarse en herramientas externas muchas veces acelera el proceso y, en algunos momentos, resulta necesario.

Si llegaste hasta aquí, gracias por quedarte contigo.
Leer, sentir y reflexionar ya es un acto de sanación.

Sanar no es un destino ni una meta que se alcanza de una vez. Es un camino que se recorre con paciencia, presencia y compasión. A veces despacio, a veces con tropiezos, pero siempre aprendiendo a escucharnos mejor.

Si este texto movió algo dentro de ti, quiero recordarte que no estás sola. Acompañarte, darte permiso para sentir y ofrecerte cuidado es un gesto profundo de amor propio. Y eso, aunque parezca pequeño, transforma.

Paso a paso. A tu ritmo.