Cortisol: vivir en alerta constante

A todo esto se sumaba el cortisol, la hormona del estrés y la alerta. Cuando estaba enamorada —y sobre todo cuando la relación era inestable— mis niveles de cortisol estaban elevados.

No era solo euforia: había tensión, inquietud y activación constante. Mi cuerpo vivía en modo “alerta”, como si hubiera un peligro inminente. Y, en cierto sentido, lo había: estaba exponiendo mi vulnerabilidad emocional sin red, sin seguridad real, sin estabilidad.

Mi sistema nervioso no descansaba. Amar, en ese contexto, era también sobrevivir.

Finalmente, estaba la oxitocina...