El día que se fue

Me levanté temprano y me fui de casa.
Sabía que ese día iba a ser duro.
Sabía que, si me quedaba, él intentaría una vez más que yo cambiara mi decisión.

Así que me fui.
Pasé todo el día fuera, dándole tiempo a que se marchara.

Cuando volví, la casa estaba vacía.

Entré.
Me duché.
Me puse el pijama.
Y me senté en el sillón a escribir.

No hubo llanto.
No hubo arrepentimiento.

Me sentía bien.

La casa parecía distinta.
Como si tuviera otra energía.
Otra luz.

Por primera vez en años,
me sentí en paz conmigo misma.

Mientras escribía, pensé:
qué feo sentirse así
después de romper una relación de nueve años y medio.

Y, sin embargo,
esa paz no hablaba de frialdad,
ni de falta de amor.

Hablaba de algo que había estado esperando demasiado tiempo:
el alivio de haber sido, por fin, honesta conmigo.