Sin darme cuenta, fui cediendo para encajar en la vida de quien era mi pareja.
Poco a poco, mi propia vida se fue evaporando y, con ella, mi identidad.

Hubo un momento en el que me miré y no me reconocí.
No me gustaba quién era.
No me gustaba la vida que estaba viviendo: el exceso, los tenderetes, el alcohol, la sensación constante de estar en un lugar que ya no sentía mío.

Fue como recibir una bofetada de realidad y conciencia.
De pronto pude ver con
claridad dónde estaba parada…
y también lo lejos que me había dejado a mí.

No sé en qué momento dejé de elegirme.
Simplemente ocurrió.

Lo primero que pensé fue en romper la relación.
Pero apareció
el miedo: ¿y si me equivoco?
Tal vez sea posible reconstruirla de una forma en la que yo también pueda ser feliz.

Entonces apareció una pregunta que lo cambió todo:
¿Cómo vuelvo a ser yo y vivo como realmente quiero y me hace feliz, sin dejar a la persona con la que comparto la vida?

No tenía respuestas claras.
Pero sí una certeza:
no podía seguir ignorándome.

Ahí empezó un proceso silencioso, íntimo y honesto.
Comencé a
soltar aquello que no resonaba conmigo.
Y, sobre todo, empecé a
escucharme.

Sin exigencias.
Sin prisas.
Sin juicios.

Empecé a hacerme preguntas sencillas, pero incómodas:
¿Cómo estás?
¿Qué necesitas ahora mismo?
¿Cómo te sientes con estas personas?
¿Con quién te gustaría estar en este momento?
¿Cómo te sientes en este lugar?
¿Dónde te gustaría estar de verdad?

Responderme no siempre fue fácil.
Pero
fue liberador.

Porque cada respuesta traía consigo un pequeño paso hacia mí.
Cada respuesta era una forma de
volver a casa.

Y así, poco a poco, al escucharme…
fui soltando.