Me di cuenta de algo que lo cambió todo: no tenía herramientas para gestionar mis emociones. Vivía con ansiedad constante y con un mundo interno desbordado que no sabía comprender ni regular.

Funcionaba en modo automático. Estaba desconectada de mí misma: no me escuchaba, no me permitía sentir y apenas podía reconocer lo que me pasaba por dentro. Todas mis emociones terminaban saliendo como enfado. Cualquier sentimiento —miedo, tristeza, frustración o dolor— se transformaba en rabia al exterior, aunque esa no fuera su verdadera raíz.

Con el tiempo comprendí que tenía desregulación emocional. Había aprendido a identificar lo que sentía, pero nadie me enseñó a tolerar el malestar, a calmarme sin explotar o desconectarme, ni a expresar mis emociones de forma asertiva. Así, mi sistema emocional se volvió caótico y la ansiedad se instaló como una compañera permanente.

De hecho, llevaba tantos años viviendo con ansiedad que estar en una relación que también me generaba ansiedad me parecía algo normal. No sabía que podía ser de otra manera.

Más adelante entendí que vivía en un modo de supervivencia crónico. Mi cuerpo estaba en alerta constante, mi mente siempre acelerada y mi conexión conmigo misma cada vez más debilitada. No es que no sintiera; es que mi sistema estaba tan saturado que se desconectó para protegerme.

También comprendí algo muy importante: el papel del enfado como “emoción paraguas”. Yo vivía enfadada, y hoy sé que eso tenía un profundo sentido psicológico. El enfado suele volverse dominante cuando otras emociones resultan demasiado vulnerables, han sido aprendidas como peligrosas o no fueron validadas en la infancia.

Así, mi mente aprendió sin darme cuenta esta ecuación interna:

“Si siento algo que duele o me hace vulnerable, mejor lo convierto en enfado.”

Ese enfado escondía miedo a ser herida, tristeza no expresada, frustración acumulada y una gran necesidad de protección.

También entendí mi desconexión emocional y de dónde venía. En mi casa no se hablaba de emociones. Para mis padres, expresar lo que se sentía era innecesario e incluso perjudicial; creían que generaba estrés y que era mejor callar. Nunca recibí comprensión ni acompañamiento emocional, y eso dejó huella: en la adolescencia desarrollé una depresión.

Además, aprendí que “de estas cosas no se habla fuera de casa”, lo que me dificultó aún más expresarme, pedir ayuda o mostrarme vulnerable siendo niña.

Hoy miro atrás y veo que darme cuenta de todo esto fue un punto de inflexión. Pasé del piloto automático a la autoconciencia, de reaccionar sin pensar a observarme con atención y compasión.

Este proceso no ha sido fácil, pero sí profundamente transformador. Ha sido el inicio de mi integración emocional y de un camino hacia una relación más sana conmigo misma.