Desde la psicología, cuando hablamos de “falta de herramientas” no nos referimos a una carencia personal, sino a aprendizajes que no fueron ofrecidos en nuestro entorno de crianza. Nadie nace sabiendo regular emociones, poner límites o sostener el malestar: estas capacidades se construyen a partir de las experiencias que vivimos y de cómo fuimos acompañadas en ellas.

Si crecimos en contextos donde el conflicto se evitaba, las emociones se minimizaban o las necesidades propias debían sacrificarse para mantener la armonía, nuestro sistema nervioso aprendió a adaptarse a ese escenario. Esto suele traducirse en dificultad para decir “no”, tolerancia excesiva al malestar, culpa por priorizarnos y enganche emocional en relaciones que no son saludables.

La falta de herramientas se hace visible cuando nos desbordan emociones como la ansiedad, la culpa o el miedo al abandono y no sabemos qué hacer con ellas más que soportarlas, evitarlas o reaccionar impulsivamente. No es que “no sepamos amar”: es que no aprendimos a cuidarnos mientras amamos.

La terapia y el trabajo consciente permiten construir esas herramientas que faltaron: aprender a identificar emociones, regular la activación del cuerpo, reconocer detonantes, expresar necesidades y establecer límites claros. No se trata de cambiar quiénes somos, sino de ampliar nuestra capacidad para relacionarnos con nosotras mismas y con los demás de manera más segura y equilibrada.

En mi proceso, entender mi falta de herramientas fue un punto de inflexión. Dejó de ser una falla personal y se convirtió en una oportunidad de aprendizaje: por primera vez, podía elegir cómo vincularme en lugar de repetir lo que había aprendido sin cuestionarlo.