Desde la psicología, los límites se entienden como estructuras internas y relacionales que organizan nuestra experiencia emocional y nuestras relaciones. No son muros contra los demás, sino marcos que nos permiten saber quiénes somos, qué necesitamos y qué estamos dispuestas a tolerar.

Cuando crecemos sin límites claros, nuestro sistema nervioso aprende a adaptarse al entorno aun cuando este sea demandante, inconsistente o invasivo. Esto puede generar hiperalerta, dependencia emocional, dificultad para decir “no” y una tendencia a priorizar a los demás por encima de nosotras mismas.

Poner límites ayuda a regular nuestro sistema nervioso. Al marcar hasta dónde llegamos, disminuimos la activación del estrés (cortisol), reducimos la rumiación y recuperamos una sensación de control y seguridad interna. Por eso, los límites no solo protegen nuestras relaciones: también protegen nuestra salud mental y emocional.

Además, desde la teoría del apego, los límites sanos favorecen vínculos más seguros. Nos permiten relacionarnos sin fusionarnos ni alejarnos en exceso, manteniendo cercanía sin perdernos y autonomía sin desconectarnos.

En mi proceso, aprender a poner límites significó reeducar mi forma de vincularme: pasar de reaccionar automáticamente a responder con mayor conciencia. No fue un acto de separación, sino de regulación y cuidado — conmigo y con los demás.