Después de romper la relación, lo más difícil no fue soltarlo a él…
sino
dejar de castigarme a mí.

Me había hecho daño al quedarme en una relación llena de desilusiones,
decepciones y faltas de respeto.
No porque fuera débil, sino porque aún
no sabía cuidarme.

Mientras avanzaba en mi proceso, tuve que mirar con honestidad algo que había evitado ver:
me había abandonado a mí misma para sostener el vínculo.
Y eso dolió más que la ruptura.

Para salir de esa etapa de autoabandono, tuve que aprender a leerme desde el dolor,
pero con conciencia.
Reconstruir mis límites internos.
Aprender a sostenerme sin endurecerme.
Y empezar a formar una identidad más coherente con lo que sentía y necesitaba.

Comprendí que ser sensible no es ser frágil.
Que puedo sentir profundamente sin romperme.
Y que la honestidad emocional empieza conmigo.

Pasé por un proceso de integración emocional, de relectura de mi historia
y de reconstrucción de mi relato interno.
No para borrar el pasado, sino para que dejara de dirigir mi presente.

Un presente que empecé a construir con pasos lentos, pero firmes.
Con más verdad.
Con más cuidado.
Y, sobre todo,
conmigo dentro.