Hubo días en los que no sabía qué hacer con todos los sentimientos encontrados que tenía.
Empecé a darme cuenta de cuánto tiempo llevaba funcionando en automático.
De cuántas decisiones había tomado desde el miedo.
De cuántas partes de mí había dejado en pausa para poder seguir.
El enfado apareció con fuerza.
No hacia nadie en concreto.
Hacia mí.
Por no haberme elegido antes.
Por haberme conformado.
Por haber normalizado lo que no me hacía bien.
Después llegó la tristeza.
Una tristeza profunda, lenta, que no pedía ser arreglada.
Solo sentida.
Aprendí a quedarme ahí sin correr.
A no taparla con actividad, con excusas o con una fuerza falsa.
A dejar que el cuerpo hablara cuando la cabeza ya no podía más.
Y, poco a poco, algo empezó a cambiar.
No fue una revelación.
No fue un momento concreto.
Fue más bien una acumulación de pequeños gestos:
escucharme, respetar mis ritmos, decir que no, descansar sin culpa, permitirme no estar bien.
En ese parón entendí que la valentía no siempre se ve como avanzar.
A veces se parece más a quedarse quieta.
A sostener lo que duele.
A no huir.
Y, sin darme cuenta, mientras todo fuera estaba detenido,
yo empecé a moverme por dentro.
Lo que empezó a ordenarse por dentro no tardó en reflejarse fuera.