Durante esos catorce días, seguimos conviviendo.
Habíamos decidido que él se iría de la casa en la que vivíamos juntos.
Que ese sería el siguiente paso.
Pero él no creía que, de verdad, ese fuera el final de la relación.
Y era completamente normal.
Me había quedado tantas veces antes
que pensaba que esta sería una más.
Otro intento.
Otra crisis pasajera.
Yo también había dicho “esta es la última” otras veces.
Y luego me había quedado.
Así que, para él, no había urgencia.
No había ruptura real.
Solo tiempo.
Para mí, en cambio, algo ya había cambiado.
No necesitaba convencer.
No necesitaba explicar mejor.
No necesitaba luchar.
Por primera vez, no estaba dudando.
Estaba sosteniendo una decisión.
Aunque aún compartiéramos el mismo espacio,
yo ya no estaba en el mismo lugar.
Y, obligado por mí,
el 22 de mayo de 2022
salió de la que había sido nuestra casa.