Mientras iba entendiendo la parte científica de lo que me había ocurrido, seguía sin comprender cómo había podido sostener durante tantos años un estado de alerta y malestar. Esa pregunta me acompañaba a diario.
La información y el trabajo emocional comenzaron a caminar juntos: mi mente entendía y mi cuerpo empezaba, por fin, a procesar.
Con el tiempo empecé a mirar mi historia con otros ojos. Comencé a reconocer en mi familia dinámicas muy parecidas a las que había vivido en mi relación. Me di cuenta de que había minimizado y permitido muchas cosas porque venían normalizadas desde mi infancia. No era que no hubiera visto lo que pasaba: es que no tenía el marco ni las herramientas para interpretarlo de otra manera.
Antes incluso de terminar la relación ya estaba, sin saberlo, ensayando mis primeros límites. Tras la ruptura, ese movimiento se amplió también hacia mi familia. Empecé a identificar mis detonantes y a escuchar las señales de mi cuerpo y mis emociones cuando algo me sobrepasaba o me hacía daño.
Entonces comprendí algo esencial:
mi forma de ser y mi carácter no estaban equivocados.
Lo que me faltaban eran límites claros y herramientas para sostener y regular mis emociones cuando se activaban con intensidad.
Esta comprensión fue dolorosa, pero profundamente reparadora. Por primera vez dejé de juzgarme y pude mirarme con compasión.
Meses después de la ruptura elegí tomar distancia de mi familia. No fue un acto de rechazo, sino de cuidado. Necesitaba silencio y espacio para sanar y, algún día, volver desde un lugar más consciente, más seguro y más fiel a mí misma.
Hoy sé que aprender a poner límites no fue alejarme de los demás, sino acercarme a mí.
Me distancié para encontrarme y, desde ahí, entendí que cuidar mis límites también es cuidar mis vínculos — conmigo y con los demás.